Al pueblo o a la piscina: los veranos en blanco y negro de nuestros abuelos

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Aunque a muchos les cueste creerlo, hubo un tiempo en que las vacaciones casi no existían. Eran minoría los que podían permitirse tomar un avión y trasladarse a otro país, y los periodos de descanso laboral se pasaban en casa, en la piscina o el pueblo, o con suerte en algún lugar de costa. Sin selfis ni Instagram, en blanco y negro. Veranos que ahora pueden recrear, entre la sonrisa y un punto de tristeza, en la exposición virtual ‘Vacaciones del siglo XX: 75 veranos en 135 imágenes (1914-1989)’.

A través de las instantáneas de las colecciones Santos Yubero y Cristóbal Portillo y de la denominada ‘Madrileños’, la muestra está accesible, para quien tenga curiosidad, en el Portal de Archivos de la Comunidad de Madrid, pinchando en esta web.

Una cosa era común: el deseo de disfrutar y divertirse aprovechando el tiempo de ocio. Pero poco más coincide. Lo primero que ha cambiado son los medios de transporte. En aquellos tiempos, lo más habitual cuando se iniciaba un viaje largo era tomar el tren, y por eso la muestra recoge instantáneas en estaciones como la de Atocha, el Norte o Chamartín, con los viajeros acarreando maletas –no se habían inventado aún las de ruedas– y los pertrechos necesarios para sobrevivir a una de esas noches en un tren expreso que iba parando en cada pueblo y tardaba una eternidad en llegar al destino.

Despedida en el andén, año 1945 Colección Santos Yubero

Imágenes curiosas que nos devuelven por un momento a otro tiempo que ya se fue, como las filas de personas comprando sus billetes en las taquillas, o ese anuncio de Calmante Vitaminado –«te devuelve la alegría»– a la entrada de Atocha.

Quienes tenían un coche se enfrentaban, antes de iniciar el viaje, al ‘tetris’ de colocar en la baca los mil y un bultos que se transportaban. Después, carretera y manta… sobre todo carretera, porque los trayectos tampoco tenían mucho que ver con los de ahora, ni por las circunstancias de los vehículos ni por las de las carreteras. Esos viajes en ‘milquinientos’ o ‘seiscientos’ quemando rueda hasta el más allá también fueron registrados por los reporteros gráficos, como se ve en la muestra.

Una familia pasa el día en el río, en el año 1952 colección santos yubero

Las playas no diferían mucho en lo esencial: arena, sombrillas y bañistas. Lo más distinto, a los ojos de hoy, era el tamaño de los bañadores. Y los flotadores: en las imágenes se aprecian los clásicos redondos con agujero en medio; nada que ver con esa orgía de tamaños, formas y colores de los actuales modelos.

Quien más, quien menos, tenía un pueblo al que irse en verano. Uno donde los niños montaban en el burro, veían las vacas de cerca y se familiarizaban con otras formas de vida. Sin las comodidades –entonces– de la ciudad, pero con auténticos lujos como las hortalizas recién cogidas en la huerta o el agua de manantial.

Luego estaban los que se tenían que quedar en la ciudad. Y sin cines, porque éstos cerraban hasta septiembre –como refleja una foto del Cine Coliseum, despidiéndose de los clientes por vacaciones–. Para compensar, abrían los cines de verano: ahí está, de muestra, el que aparece en una imagen en la calle del Duque, repleto de espectadores.

Niños jugando a pídola, en 1941 colección santos yubero

La piscina era siempre una opción. Y la reina del género en Madrid era el Parque Sindical: abarrotada pero tan amplia que tenía espacio para todos. Hasta para los que hacían cola para tirarse desde el trampolín. Los niños se mojaban en las fuentes, jugaban a las chapas o a las canicas, o se tomaban un helado de, por ejemplo, el carrito de Pepe el Valenciano.

Las noches más calurosas, en los barrios donde aún se conservaban costumbres rurales, era habitual que los vecinos sacaran la hamacas a la calle y se echaran allí el primer sueño, esperando a que refrescara, como muestra una de las imágenes.

Hay fotos de jóvenes divirtiéndose –el verano es suyo–; de niños en bicicleta o de guateques, o asistiendo a conciertos como el de Los Bravos en el año 1968 en Las Ventas. Y un último capítulo dedicado al personaje estival por excelencia: el Rodríguez, mirando los fuegos de la cocina y las cacerolas como si fueran útiles para exorcismos, pasando el plumero por los altillos, tomando el menú del día en el bar y, al llegar el viernes, corriendo a la estación del tren para reunirse con la familia.

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